EL EMIGRANTE

Se vio empujado a irse. Como muchos otros, hacía tiempo que sabía que llegaría el día en que perdería de vista, por lo menos durante un montón de años, aquellos paisajes, que llegaría el momento en que pasease por aquella playa y por aquel puerto sintiendo que podía ser la última vez. Comenzó a aferrarse a los recuerdos antes de perderlos, a grabar en su mente cada olor, cada piedra. Paseaba despacio entre las estrechas calles rozando las piedras de las casas con las yemas de los dedos, se embadurnaba las piernas de arena y lavaba sus mejillas con el agua clara del mar. No quería perderse nada. Percibía en las miradas de sus vecinos el calor del hasta siempre y la camaradería que solamente los que llevan viviendo eso desde hace muchas generaciones son capaces de sentir y transmitir.

 Hacía meses que el pueblo había ido cerrando poco a poco. Primero fue la fábrica de sal la que bajó sus verjas, llenando de oscuridad los puestos de trabajo de unos cuantos. Después la mina dejó de ser rentable y pararon de chirriar las vagonetas. Dejaron escapar tantas cosas que, cuando se dieron cuenta, se les había escurrido el futuro entre las manos. Y comenzaron los funerales en vida, las familias rotas, las mentiras, los orfanatos, el llanto de una sociedad, callado y seco, que vivía sus esperanzas disueltas en el humo de los barcos de vapor que cruzaban el océano y que comenzaba a diseminar sus semillas por medio mundo.

 Él se resistió. Aferrado al olor a pan de huevo y a emparedados, a remendones en las redes y en las nasas y al zumo de los limoneros, hasta que el destino le dejó un recado en forma de nudo en el estómago y sabañones en el corazón. Una gotera en el tejado terminaba por inundarlo todo y el hambre no entendía de proyectos ni de tiempos mejores, así que un día, después de tantos otros sentado frente al mar viendo como las olas se llevaban la vida, se subió a un carromato y se encontró en un puerto que, por cercano, le parecía casi extranjero, preguntando el precio de un pasaje a la ilusión.

 Al regresar a casa, esperó a después de la cena para comentarle a todos su decisión. No hubo escenas, no hubo gritos ni gestos acelerados. Sólo el tic-tac del cuco del pasillo distorsionaba el silencio. Su madre dejó caer dos lágrimas como dos ríos, se levantó y sacó una maleta grande de cartón que depositó en la mesa del comedor. Se secó las lágrimas con las mangas de su chaqueta, se la sacó y la introdujo en la maleta. Supongo que el miedo al olvido es el mayor de los temores que puede sufrir una madre.

 Sólo faltaban tres días. No hubiera podido estar más tiempo con esa sensación. Se sorprendía al emocionarse al contemplar un cuadro que nunca le había gustado o al sentarse al pie del crucero de la iglesia. Sabía que ya nadie miraba igual a los suyos. La tendera metía una patata más en el saco y el lechero rellenaba casi hasta rebosar las botellas, compartiendo el duelo. Nunca tuvo muchas cosas, pero cuando las metió en la maleta, su cuarto le pareció una cueva, un descampado.

 El día antes de partir, su padre lo despertó temprano. No había dicho ni una palabra desde la noticia, puede que avergonzado por no haberse ido en su día. Cogieron un cerdo de la cochiquera y se fueron al mercado para intentar juntar el dinero del pasaje. La gente los observaba con el respeto que se merecen los intrépidos, con el reconocimiento de la dignidad hecha viaje. Casi no intercambiaron más que unos gestos; solamente, cuando ya estaban llegando, le pasó la mano por el hombro y, apesadumbrado, comentó:

– No olvides escribirnos, nosotros encontraremos a alguien que nos pueda leer tus cartas. Alguien habrá, seguro.

 Pasó la tarde sentado en el banco de piedra de debajo del limonero, con los suyos, intentando recordar cada mirada, cada gesto de sus hermanos, cada arruga de su abuela. No durmió, le esperaba un largísimo viaje hacinado en un camarote. Únicamente sus padres lo acompañarían a coger el barco. Se despidió del resto de la familia y echó un último vistazo a todo. Luego cogió su maleta y comenzó a bajar la cuesta hasta la plaza, de donde salía el coche de caballos que los llevaría a pie del barco.

 Era enorme. Nunca había visto uno así en su pueblo. La cola de gente que esperaba para embarcar era un conjunto de gestos, de escalofríos y de miradas perdidas. Mucha gente no tenía siquiera quien le acompañara, y en vez de agarrarse a sus familiares, se aferraban al paisaje, y empujaban con sus pies fuertemente hacia abajo, como queriendo echar raíces y vivir del agua que caía a mares. El primer pitido del barco de vapor retumbó en las casas de alrededor hasta perderse en el horizonte y los cuerpos comenzaron la procesión de las almas a través de la escalerilla del barco; no todos, algunos olvidaban su alma en tierra. Cuando hubo subido seis o siete peldaños, se giró para ver a sus padres por última vez. Su madre corrió hasta el comienzo de la barandilla y, ya sin contener sus emociones, casi retorciéndose de dolor, grito:

– Por favor, no nos olvides nunca.


 Pasaron seis meses antes de que mandase la primera carta. Una eternidad para los que aquí esperaban, un instante para quien el mundo comenzaba a girar vertiginosamente. Nada más llegar se encontró con un lugar donde cientos de miles de personas se apretujaban esperando su oportunidad. Se pedían cocineros y aparecían más de mil. ¿Peones de construcción? Otros mil. Allí la competencia era tan feroz que decidió coger un tren antes de que el mundo lo devorase. Y encontró un trabajo cuidando los animales en una inmensa finca. No era gran cosa pero le permitía vivir y, de cuando en vez mandar algo de dinero a casa acompañado de una carta. Pero el paraíso no estaba tan bien asfaltado como él pensaba, y pronto se vio de nuevo deambulando por el interior de un lugar desconocido.

 Comenzó a mandar cartas mucho más a menudo, a convertir aquello en su manera de aferrarse a la cordura. Hablaba de un mar que le llevaba el olor de la cocina de su casa, de una playa a la que llegaban, flotando, hojas de limonero. Decía escuchar el repicar de las iglesias, retumbando en las casas de piedra, y les interrogaba sobre si aquella lluvia de esa mañana de mayo caería, acaso, de una nube que ellos hubieran visto primero.

 Y entre carta y carta, vio montañas más altas de lo que nunca hubiese imaginado que existían, y ríos con una anchura tal que dudó si no hubiese llegado a otro mar. Y entre párrafos, entre tinta seca y mendrugos de gloria, fue luchando por sobrevivir.


 Contaban con la ayuda de una vecina. No hubiesen podido hacerlo si no, porque ninguno de ellos sabía leer; también se llevó eso consigo. En un lugar donde lo cotidiano era un lujo, no habían tenido tiempo para pararse con algo que no quitaba el hambre. Así, según oían el timbre de la bicicleta del cartero subir la cuesta, luchando contra el empedrado, alguien salía disparado en busca de la lectora. Se sentaban junto al fuego a escuchar sus relatos, sus historias… Cada carta les descubría un poco más de aquel lugar lejano del que habían oído hablar tantas veces.

 Siempre mencionaba el mar. Y los olores. Y lo cerca que en realidad estaba de ellos, como si de golpe una resaca fuerte lo pudiese dejar el día menos pensado a este lado del charco. Era tan fuerte esa sensación que nadie se atrevía a tocar su dormitorio ni a ocupar su sitio en la mesa, por si volviese en cualquier instante a llenar el sitio con su sonrisa.

 Cuando terminaba la lectura, y su vecina se retiraba lentamente, sin querer deshacer el hechizo de sus pensamientos, la abuela se levantaba y, sigilosa, salía detrás de ella con el sobre en la mano. Ante el asombro de la chica, le pedía siempre que le leyese el matasellos. Era la única de todos que sabía que aquellas historias eran mentira. Matasellos tras matasellos lo confirmaba: desde donde su nieto estaba, no se podía ver el mar.

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