Te vi.

Te vi. Tú a mí no. Eran las cinco de la mañana de una de esas larguísimas noches de invierno en Madrid. La oscuridad era absoluta y, cuando se encendió la luz de tu portal, este se incendió como supongo que hace miles de años se incendiaban las cuevas cuando se hacía fuego dentro.

Te vi. Observé claramente como te calabas el gorro hasta las orejas, como ajustabas la bufanda al contorno de tu mandíbula y como subías el cuello de tu abrigo, dándote cierto aire de gángster de los cincuenta. Muchas veces te imaginé bajándote de esos inmensos automóviles negros rodeada de matones y de una nube de periodistas. Tu belleza era… es, no voy a traicionarme a estas alturas, de cine. Tus labios de rojo intenso marcaban la dirección de las flechas de la calle. Respirabas muy fuerte. Incluso a través de tu bufanda, una nube de vaho escalaba hacia las chimeneas de los edificios.

No. No quieras hacer memoria. Tú a mí seguro que no me viste. Como te digo, la calle estaba a oscuras y yo me escondía detrás de esa espesa capa de humo que sale de las alcantarillas, que se corta con cuchillo en las noches en que el frío se pasea como una congregación de aguijones solitarios. El humo hacía entrever que bajo tierra la ciudad era un hervidero; nada más lejos de la realidad, todo dormía tranquilo. Sí bueno, aunque he de reconocer que tu presencia dotaba de cierta magia a la escena. Un solo ser animado, bueno dos, pero yo estaba detrás de una especie de escaparate. Como digo, un solo ser animado y parecía que todos los objetos bailaban a su alrededor. Resoplaste de nuevo… y diste el primer paso.

Seguía viéndote. La escena era buena pero faltaba un detalle, algo que la hiciera especial y, como de costumbre, sacaste a pasear tu chistera… ¿dije antes gorro? No podría asegurar ahora si llevabas puesto tu gorro de lana o una chistera llena de conejos y una varita mágica, la memoria me traiciona de nuevo. Como te digo faltaba un detalle. Al pasar por al lado de la primera farola, te agarraste a ella y, en un solo movimiento, completaste una vuelta a su alrededor, alejándote de ella con un brinquito alegre… y el foco se encendió, un solo segundo después de que comenzaras a silbar esa canción que siempre silbabas al beber tu café.

Ya estabas llegando a la esquina y al estribillo y, nada más girar, la farola se apagó de nuevo, como si el telón de un teatro cayese sobre el escenario. Recuerdo, esto sí, esto lo sé seguro, que aplaudí con todas mis ganas mientras me reía a carcajadas. Esto lo sé seguro… tan seguro como que te vi y tú a mí no.

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