DIRECCIÓN GENERAL DE SEGURIDAD

POR MIREIA GIMÉNEZ HIGÓN

DIRECCIÓN GENERAL DE SEGURIDAD

Inspección de Investigación y Vigilancia

Tengo el honor de participar a V.I. que en la mañana de ayer fue cerrada investigación abierta en el día segundo de marzo del presente. Lo que fue acontecido en las jornadas de dicha investigación es narrado en esta acta que hoy suscribo.

Llegados a Alhama de Murcia, las autoridades de la localidad me trasladan a la casa donde el infortunio fue denunciado. Hablados con los progenitores de la menor, dieron cuentas de cierta razón que puede suponer extrañeza en vuestra persona. Y es, por ello, que ruego lea con atención esta acta.

Preguntada a la madre las razones que hicieran sospechar que la niña hubiera sido endemoniada y asesinada, ésta contestó:

«La niña era sana. Sus mejillas rosadas y el color carnoso de sus labios daban buena cuenta de su nutrición y salud. Era alegre y gustaba de jugar por los prados y corrales. Una oscura tarde de la pasada semana, regresó a casa tras visitar a la abuela. Sentí que un mal presagiaba al no regresar en hora y mandé a Juan (el marido de quien habla) a ver qué sucedía. Al cabo de un rato regresó con mi pequeña en brazos, pálida y fatigada. No había fiebre, pero sus labios temblaban y sus ojos parecían no ver nada».

Preguntado al padre las razones que hicieran sospechar que la niña hubiera sido endemoniada y asesinada, éste contestó:

«Al llegar al sendero que separa la casa del pueblo encontré tirada a mi pequeña. Una sombra parecía cernirse sobre ella, pero al correr para darle alcance, ésta desapareció en la oscuridad del bosque tan veloz como el viento».

Dados los testimonios, recibí respuesta y certificado del médico del lugar que anunciaba anemia y nada más. Documento que acompaña a esta acta.

En la noche, en mi acostumbrado paseo, recorrí algunas calles de la ciudad y en la taberna escuché de hombres que narraban historia similar en la ciudad imperial. Mas no fue solo una niña, sino hombres y de mayor edad.

Al día siguiente mandé llamar una diligencia que me portara hasta Toledo. Allí, las autoridades tuvieron a bien acompañarme hasta el fatídico lugar de los hechos.

En esta ocasión sí hubo práctica forense y escrita de cuanto aconteció. Tres hombres de edad similar que rondaban pues los treinta años, habían sido descuartizados. Vistas y estudiadas las marcas, se había concluido en agresión de un animal de gran dimensión. Sin embargo, un pequeño dato llamó mi atención. Ni rastro de sangre hubo en ningún miembro, ni cuerpo de los desgraciados caídos.

Preguntado al forense de dicha razón, éste respondió:

«Es probable que el animal succionara la sangre de los diversos miembros».

El Inspector Jefe y compañero de quien suscribe, Manuel Uretra, comentó que se habían dado casos de anemia en las poblaciones circundantes y que podríamos encontrarnos bajo la amenaza de una nueva pandemia como la que asoló nuestra querida España siendo chicos. V.I. debe entender mi reticencia a creer que tal desgracia podría repetirse en tan poco tiempo y la probabilidad de un asesino en la zona.

En aquella misma jornada, llegó diligencia con noticias e informes de una nueva muerte en la ciudad de Borox. Se trataba pues, de una joven y su madre que regresaban de las labores en el campo cuando fueran sorprendidas por lo que podría ser la misma bestia. No obstante, no hubo desmembramiento ni violación y, en su lugar, rostros aterrados mantenían su expresión aun arrancadas las almas y la vida.

Aquella situación bien podría escaparse de nuestro saber y conocimiento. El diablo deambulaba a sus anchas por tierras de España y el temor se apoderó de este pobre hombre que hoy levanta acta.

Decidí buscar consuelo y protección en la única casa en la que Dios nos ampara y recé por una luz que parecía por siempre apagada. Don Leoncio, el padre de la parroquia en la que me encontraba, sentó a mi lado.

«¿Qué os atormenta, buen hombre?», preguntó y, como si del mal tuviese conocimiento, comentó que había sentido al demonio caminar en la noche.

Deliberados los testimonios y estudiadas sus palabras, éstas me llevaron a investigar el primero de aquellos casos donde las sombras acechaban caminos, senderos y pastos. Fue así que arribé a Cartagena, a su puerto de grandes barcos y mayores navíos. Allí, el jefe de aduanas, ofreció sus servicios en pro de la investigación llevada. De entre los registros pudo destacar cierto desembarco en particular que sucediera hace ya algunos años.

«Que en 1898, fue desembarcado en el puerto de Cartagena un ataúd yugoslavo cuyo contenido se ignora».

Aceptada esta inestimable información, fue decisión de este Inspector acercarse hasta el puesto de la Policía de Cartagena quienes, tras los hechos expresados y acaecidos, mostraron atestados por la desaparición de algunos cuerpos en los cementerios del nombrado pueblo de Alhama de Murcia, así como en los circundantes Lorca y Mazarrón. Todos ellos en años comprendidos de 1898 al presente.

Las razones que llevaran estas muertes hacia el centro de la nación aún se me escapaban y el instinto del que solemos alardear hizo que regresara al mismísimo jefe de aduanas.

Preguntado al jefe de aduanas el lugar donde se haya el féretro, éste contestó:

«El féretro fue reclamado por un noble serbio en A Coruña que mandó a uno de sus siervos a custodiar dicho féretro hace apenas dos semanas».

De regreso al puesto de Policía de Cartagena, el Inspector Jefe confirma que las desapariciones en la zona cesaron en el tiempo pasado de dos semanas.

Quien hoy levanta acta ha dado buena cuenta y conocimiento de que una comitiva viaja por los caminos y senderos de España con destino A Coruña y que, en sus carros potan un féretro sin clavar. Solicitado los permisos pertinentes, he comprado billetes para llegar hasta A Coruña y ser testigo de la entrega de dicho féretro que parece ser el portador de la muerte.

Al mismo tiempo debo significarle que he recibido misiva de quien se proclama dueño y señor del féretro. Transcribo en esta acta cuanto en ella se detalla pues, con tristeza y dolor, sé que mi tiempo termina.

«Muy señor mío,

He tenido conocimiento de que anda su persona tras mis pasos o tras aquello que es de mi pertenencia con intenciones que no me satisfacen. Es así, que también comentan mis lacayos, que indaga por mi historia, tal es el testimonio del aduanero o del Inspector de Cartagena. Deba tener conocimiento de que ninguno dirá más allá de lo permitido y solo dependerá de su persona el sobrevivir a esta carta que suscribo.

Si tal es el interés que le despierto, espero que con esta misiva satisfaga su sed de mí.

Soy el señor de Ugarés, quien batallara en las virulentas guerras de frontera y prestara vasallaje a quien la historia recordaría por Ramón Berenguer I. Sufrí en mis carnes el dolor de la pérdida, el olor de la sangre y la oscuridad de la muerte.

En tierras de batalla habían abandonado mi cuerpo creído ya pasto de gusanos y alimañas, mas desperté como vuestro Jesucristo al que devoción entregáis sin pudor. Más de mil años sufre la marca de aquella estocada mortal y, sin embargo, mi cuerpo jamás envejece. Es así como tuviera que marchar de tierras barcelonesas, para evitar que otros longevos me reconocieran.

Fue mi cuerpo enterrado, quemado y arrojado a los mares del mediterráneo con intención de que jamás regresara. Qué decirle más que fue en vano.

Esta bendición que me otorga la inmortalidad tiene el precio de la sangre de la que mi ansia se alimenta. Quizás se santigüe al leer estas mis palabras escritas por esta pobre alma maldita, pero sepa Inspector, que su búsqueda e investigación será el motivo de su muerte.

Yo, señor de Ugarés, jamás seré vencido. No desaproveche su tiempo en la tierra y olvide que un día supo de mi historia. Queme esta misiva y con ella mi nombre y será bendecido con la dicha de la vida”.

Dios guarde a V.I. muchos años.

Cartagena 16 de agosto de 1928.


Un relato de Mireria Giménez Higón para el Grupo LLEC. Todos los derechos reservados por la autora.

Mención especial del Reto HaLLECween 2021. #retohallecween2021

SOBRE LA AUTORA:

Mireia Giménez Higón nació en el invierno de 1983 en la preciosa capital levantina, Valencia. De su afición nació su trabajo y de su trabajo una vida. Estudia Geografía e Historia en la UNED y se ha especializado en la Guerra de Independencia Española e Historia Militar de España.

Actualmente, tiene tres trabajos en el mercado, a destacar “El viaje que se convirtió en leyenda”, “Madrid: 1808. Las armas al pueblo” y «Toletum» su última obra publicada con la que participará en la XXII Semana de Novela Histórica de Cartagena.

Puedes seguir su obra a través de:
https://www.facebook.com/mireiagimenezh.autora/ y www.mireiagimenez.com


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