EL CENTENARIO

POR MOISÉS GONZÁLEZ MUÑOZ

Un enjambre de vehículos saturaba la calle donde se alzaba la casa del homenajeado. El lugar, por contra, permanecía casi desértico, pues sus ocupantes, nada más abrir las puertas, corrían apresurados a guarecerse tras las paredes de granito huyendo de las ráfagas heladas que acuchillaban el rostro. Yo, que había llegado la tarde anterior, a través de la ventana del salón, disfrutaba de los patinazos de los forasteros mientras intentaban mantener el equilibrio exhalando un vaho que ascendía como el humo de las chimeneas. Por desgracia, la calefacción de gasoil había cedido a los rigores del invierno y mientras mi cuñado, un supuesto técnico, intentaba averiguar los achaques de la misma, la temperatura del interior no distaba mucho de la del exterior, lo que me obligaba a llevar puesta una prenda de abrigo y enfundar mis manos en unos guantes de lana rescatados del arca del desván. La nieve y el frío, sin embargo, no eran impedimento para que se sucedieran las sonrisas de bienvenida, los abrazos y los besos entre todos los reunidos. Celebrar el centenario del abuelo en las navidades era algo irrepetible y nadie quería perdérselo. El anciano, como si la cosa no fuera con él, sentado en un sillón frente a la lumbre que templaba la cocina, iba saludando a los recién llegados, uno a uno, por su nombre, pues las piernas no le respondían del todo bien pero su cabeza estaba más cuerda que la de la mayoría de los congregados.

Al ser fiestas tan señaladas, en la mesa de la cocina descansaba una bandeja llena de dulces y a su lado, junto a una hilera de copas, varias botellas de licor. Todo dispuesto por la primogénita, encargada de velar por el bienestar del viejo durante estas fechas, para que los urbanitas recuperaran fuerzas tras el viaje y combatieran las bajas temperaturas del lugar. Nada más entrar en la casa los invitados a la fiesta se iban desprendiendo de sus ropas de abrigo, lo que hacía que las sillas y el sofá estuvieran sepultados por una montonera de prendas que nos obligaba a la mayoría a permanecer en pie.

De pronto, mi tía conectó el megáfono que llevaba anclado en su garganta toda la vida y sin darnos tiempo a la réplica nos conminó a dirigirnos a la iglesia para asistir a la misa que había encargado para tal ocasión. Los beatos de turno ni se plantearon la cuestión, cogieron sus prendas, se las pusieron y se prepararon para abandonar la estancia y hacer equilibrismo por las calles heladas del pueblo camino de lugar de culto. Otros, más habituados a cuestionar los dogmas de fe, la miramos con cara de vinagre y nos hicimos los remolones para ver si así nos librábamos del sermón de la mañana. Para desventura mía, y a buen seguro también del abuelo que en más de una ocasión de intimidad me había regalado su sabiduría afirmando que «la misa y el pimiento son de poco alimento», el intento cayó en saco roto y nos vimos empujados fuera de la vivienda. Por suerte, las llaves de mi coche vinieron al rescate y me dieron la oportunidad de transportar al anciano en el vehículo hasta el templo, a fin de evitar que el frío y algún desgraciado resbalón se lo llevaran por delante antes de tiempo.

A pesar del fervor con que el párroco (un tipo cuya panza cervecera que le obligaba a extender los brazos para posarlos encima del altar), enfatizaba las múltiples virtudes del festejado, la mayoría de los infieles no rezábamos por la inmortalidad de longevo, sino para que finalizara la oratoria vacía y poder abandonar aquella frigidez ambiental que nos estaba entumeciendo el alama y los huesos.

Al salir de la ermita, y pisar la calle helada, descubrimos con alegría el forcejeo de unos rayos solares que luchaban por colarse entre las nubes dispuestos a rescatarnos de la edad del hielo. Fue entonces cuando el abuelo, procurando que no le oyera nadie más, me dijo con la voz amortajada por el frío que unos minutos más en aquel iglú hubieran bastado para finiquitar lo que cien años no habían conseguido minar.

Tras un rato de cháchara frente a la explanada de la iglesia nos encaminamos a un restaurante donde el patriarca había decidido invertir parte de su herencia para aligerar los venideros problemas de reparto.

La mayoría de los presentes no nos hubiéramos perdido aquel día aunque hubiéramos tenido que correr con los gastos de los demás. Otros, los hay en todas las familias, habían dilatado su participación hasta cerciorase de que se comería de gorra y de que la aportación al regalo del matusalén apenas les privaría de unos cigarrillos o unas cervezas en el bar que frecuentaban frente a la esquina de su piso en la ciudad.

La comilona discurría en un ambiente de camaradería general, con gritos, villancicos, vivas al patriarca, risotadas y deseos de salud y prosperidad para poder repetir al año siguiente, hasta que todo se torció. Fue entregar los presentes al homenajeado, quien los iba desenvolviendo uno a uno con alegría, y aparecer la placa conmemorativa, cuando se congeló el ambiente. Nada más tenerla en sus manos, el rictus del abuelo se contrajo, lanzó una mirada que dejó petrificada a toda la asistencia y bramó con su voz atronadora.

―¿Para qué cojones quiero yo una placa? ―y tras un prolongado silencio continuó― ¿tantas ganas tenéis de enviarme a criar malvas? ―Luego, sin más palabras, alzó la mano solicitando la atención del camarero, pidió la cuenta, se levantó de la mesa y exigió que le lleváramos a casa.

Su marcha no hizo que se calmaran los ánimos, sino que acabó de encender la mecha y se entabló un agria discusión sobre quién habían sido el culpable de tal desatino. Cómo era de esperar, nadie quería a cargar con el dislate a sus espaldas de por vida y los dedos acusadores comenzaron a señalar a diestro y siniestro hasta que mi tía encendió el megáfono y nos hizo callar a todos. Una vez detenido el vodevil que se estaba representando en el salón del restaurante, cogimos nuestras pertinencias y nos encaminamos al hogar del abuelo. Por suerte, el viejo había decidido pasar la tarde en casa de su hija mayor, pues allí sí funcionaba la calefacción y sus huesos no querían más pruebas de resistencia, y así evitar que le provocáramos un infarto terminal.

Todo lo acontecido hasta entonces quedó en agua de borrajas cuando anuncié que el coste final de los gastos del regalo, a dividir a partes iguales entre los diferentes clanes familiares, multiplicaba por seis el precio de la placa acordada por la minoría. Si algunos se empeñaban en un regalo del todo inútil, otros habíamos decidido complementar el presente con algo que seguro iba encantar al abuelo tras varias décadas de viudedad.

Los tacañones y las betas pusieron el grito en el cielo y se negaron a asumir su parte. Más aún cuando cogí la placa conmemorativa, la giré, desprendí el sobre que había pegado en la parte trastera, extraje la tarjeta y leí el texto que venía escrito en ella.

«Después de años de abstinencia y de Navidades en solitario, el centenario se merece celebrarlo como Dios manda y pasar una Noche Buena, aunque sea la última».

Horas después, cuando apareció la señorita de compañía y dejamos al abuelo en su casa, a solas con ella para que pasaran la noche juntos, me miró con cara de complicidad y me susurró al oído: ¡Si esta noche me voy, será por una NOCHE BUENA!


Un relato de Moisés González Muñoz para el Grupo LLEC. Todos los derechos reservados por el autor.

Mención especial del Reto NavidaLLEC2021. #NavidaLLEC2021

Ilustración de Amit Amliwala: artofamit.art

SOBRE EL AUTOR:

Moisés González Muñoz. Salobralejo (Muñogalindo), Ávila. 1958. Tercero de trece hermanos del matrimonio formado por Moisés (comerciante) y Eutimia (maestra rural). Mi infancia discurrió por diversos pueblos de la geografía abulense, salvo una breve temporada en Asturias. Estudié, como interno, en el Colegio Diocesano de Ávila. En septiembre de 1973 me trasladé a vivir a Terrassa (Barcelona) e ingresé en el Instituto Investigador Blanxart. Diplomado en Profesorado por la UAB, ejercí en la Educación Pública entre 1982 y 2018. Jubilado. Dedico mi el tiempo libre a sus nietas (Lucía y Carla) y a la escritura. Casado y con dos hijos varones, soy el autor de:

Obras en solitario:
Candiles para Lucía. Ed. Círculo Rojo(ensayo autobiográfico ambientado en la España de los años 60-70 y dedicado a mi primera nieta, Lucía).
Enlace de compra: https://editorialcirculorojo.com/candiles-para-lucia/
El joyero de Carla.Ed. Adarve. Nominada al premio Arquero de palta 2019. Novela realistacostumbrista ambientada entre España y Alemania desde 1929 hasta 2016, y dedicada a Carla, mi segunda nieta.
Enlace de compra: https://editorial-adarve.com/editorial/libro/el-joyero-de-carla/

Colaboraciones en antologías:
El adiós de Rufo(relato rural), La última Navidad(relato ficticio)y A mi amigo Javier(poesía, epitafio) en el libro colaborativo Cruce de Caminos de la ANEAM (Asociación Nacional de Escritores Amateur).
Pánico en Ulaca (relato de terror dentro del libro colaborativo Ávila Tenebrosa. Ed. Letrame), Al calor de la muralla (relato de amor en la antología Ávila Amorosa. Ed. Círculo Rojo) y El embalse (relato distópico dentro del libro colaborativo Ávila a  través del espejo. Ed. Círculo Rojo) los tres en colaboración con la Asociación Nacional de Escritores Abulenses La Sombra del Ciprés de Ávila.
El laberinto de la sin razón (ficción dramatizada sobre el Alzheimer) dentro de la antología solidaria Los hilos de la vida. Ele Ediciones).
Luz entre tinieblas (relato dramático) dentro de la antología solidaria Pequeños relatos para grandes heroínas destinado a Asociación DAGMA y su lucha contra el cáncer). 
Amargo croissant (relato costumbrista) dentro de la antología solidaria Separadas somos fuertes juntas invencibles (cuyos beneficios van destinados a la Asociación VIRAGO). 
El puente del río (ficción dramatizada) dentro de la antología solidaria Relatos para Ciro. Ele Ediciones, destinada a la lucha contra la enfermedad que sufre Ciro.
Yemas amargas (microrrelato sobre la mina de la Sierra de Yemas) dentro de la antología I Concurso de Microrrelatos Sierra de Yemas. 
Amanecer (microrrelato de amor) dentro de la antología Escritores al alba IV).

Soy miembro de las citadas Asociación de Escritores La Sombra del Ciprés y de la Asociación Nacional de Escritores Amateur, ANEAM.
A finales de agosto de 2020 recibí una mención de honor al quedar 3º en el I Concurso Internacional de Poesía Erótica «Cantando al Erotismo», organizado por Dulce Mandioca de Cablevisión TV, Perú, con mi poema, Soñándote.
Finalista con El joyero de Carla Ed. Adarve al Premio Arquero de Plata 2019.

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